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domingo, 27 de abril de 2014

SAN JUAN PABLO II (Karol Wojtila) Y SAN JUAN XXII (Ángelo Giuseppe Roncalli).



El papa Francisco en la ceremonia de canonización de dos Papas.
Lo ocurrido la mañana del domingo 27 de abril del 2014 (madrugada en Honduras)  en Plaza San Pedro de Roma, Italia, fue emotivo.
El Papa Francisco nos dio una lección de la sencillez y sabiduría, al momento que culmino la ceremonia de la cannonización de los dos Santos SAN JUAN PABLO II (Karol Wojtila)  Y SAN JUAN XXII (Ángelo Giuseppe Roncalli).
“La homilía que Papa Francisco leyó es una obra de la literatura, y entre muchas cosas dijo: “sacerdotes, obispos y papas del siglo XX. Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte”.
Las transmisiones en Honduras de varios canales locales y extrajeron que reprodujeron la señal de este acto fue impresionante. Reitero quienes conocemos un poco parte de la vida de los jesuitas no nos sorprende muchas manera de actuar de Papa Francisco.
INTERCAMBIO Y LLUVIA DE FOTOS.
Para el caso durante saludaba a las delegaciones de mandatarios que llegaron a Roma, me llamo la atención como un de los que tuvo el privilegio de saludar a este líder mundial le pidió que intercambiaran el habito (llamado mitra) que llevaba enla cabeza y sin inmutarse el obispo de Roma accedió a esta solicitud.
En medio de la tecnología muchos de los lideres presidenciales que le saludaron le solicitaron a Papa Francisco que posara con ellos  y se disparaban los flash de los teléfonos celulares. Gestos que engrandecen a un servidor católico.
INSOLITO.
Conociendo que el Santo Padre-Papa Francisco, rompe con el protocolo y es aqui donde la comunidad esta pendiente de lo que hara con la feligresía, pues este domingo fue especial para muchos que llegaron de muchas partes del mundo.
Pero vaya usted a creer que mientras los canales internacionales llevaban sus mejores imágenes, los enviados especiales que el canal católico hondureño mando, no les intereso las impresionantes escenas y cortaron la transmisión y quisieron ser protagonistas, menos mal que la señal se les cayó.
Señores los periodistas solo son protagonistas cuando mueren y no para ser tristes espectáculos como lo que hicieron los dos hondureños del canal catolico.
“En honor de la Santísima Trinidad, por la exaltación de la fe católica y el incremento de la vida cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo y de los santos apóstoles Pedro y Pablo, después de haber reflexionado largamente e invocado la ayuda divina y escuchado el parecer de muchos de nuestros hermanos obispos, declaramos santos a Juan XXIII y a Juan Pablo II”, dijo Papa Francisco con una sencillez impactante.
El papa Benedicto XVI estuvo presente en el evento litúrgico.
Las escenas televisivas aéreas nos mostraron la enorme multitud que llego a Roma, los peregrinos que no lograron llegar a la Plaza San Pedro,  siguieron el acto por pantallas de televisión instaladas en las calles aledañas.
El presidente de Honduras- Juan Orlando Hernández y su esposa la Primera Dama Ana Rosalinda García de Hernández, minutos antes de finalizar la ceremonia fueron saludados por el Papa Francisco, similar saludo fue para las restantes delegaciones extranjeras.
Homilía de Papa Francisco.
En el centro de este domingo, con el que se termina la octava de pascua, y que Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado.
Él ya las enseñó la primera vez que se apareció a los apóstoles la misma tarde del primer día de la semana, el día de la resurrección. Pero Tomás aquella tarde no estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor, respondió que, mientras no viera y tocara aquellas llagas, no lo creería. Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el cenáculo, en medio de los discípulos, y Tomás también estaba; se dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel hombre sincero, aquel hombre acostumbrado a comprobar personalmente las cosas, se arrodilló delante de Jesús y dijo: «Señor mío y Dios mío» (Jn20,28).
Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: «Sus heridas nos han curado» (1 P 2,24; cf. Is 53,5).
Juan XXIII y Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano (cf.Is 58,7), porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valerosos, llenos de la parresia del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia.
Fueron sacerdotes, obispos y papas del siglo XX. Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte; fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre y Señor de la historia; en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios que se manifiesta en estas cinco llagas; más fuerte la cercanía materna de María.
En estos dos hombres contemplativos de las llagas de Cristo y testigos de su misericordia había «una esperanza viva», junto a un «gozo inefable y radiante» (1 P 1,3.8). La esperanza y el gozo que Cristo resucitado da a sus discípulos, y de los que nada ni nadie les podrá privar. La esperanza y el gozo pascual, purificados en el crisol de la humillación, del vaciamiento, de la cercanía a los pecadores hasta el extremo, hasta la náusea a causa de la amargura de aquel cáliz. Ésta es la esperanza y el gozo que los dos papas santos recibieron como un don del Señor resucitado, y que a su vez dieron abundantemente al Pueblo de Dios, recibiendo de él un reconocimiento eterno.
Esta esperanza y esta alegría se respiraba en la primera comunidad de los creyentes, en Jerusalén, como se nos narra en los Hechos de los Apóstoles (cf. 2,42-47). Es una comunidad en la que se vive la esencia del Evangelio, esto es, el amor, la misericordia, con simplicidad y fraternidad.
Y ésta es la imagen de la Iglesia que el Concilio Vaticano II tuvo ante sí. Juan XXIII y Juan Pablo II colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisionomía originaria, la fisionomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos. No olvidemos que son precisamente los santos quienes llevan adelante y hacen crecer la Iglesia. En la convocatoria del Concilio, Juan XXIII demostró una delicada docilidad al Espíritu Santo, se dejó conducir y fue para la Iglesia un pastor, un guía-guiado. Éste fue su gran servicio a la Iglesia; fue el Papa de la docilidad al Espíritu.
En este servicio al Pueblo de Dios, Juan Pablo II fue el Papa de la familia. Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado ser recordado, como el Papa de la familia. Me gusta subrayarlo ahora que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y con las familias, un camino que él, desde el Cielo, ciertamente acompaña y sostiene.
Que estos dos nuevos santos pastores del Pueblo de Dios intercedan por la Iglesia, para que, durante estos dos años de camino sinodal, sea dócil al Espíritu Santo en el servicio pastoral a la familia. Que ambos nos enseñen a no escandalizarnos de las llagas de Cristo, a adentrarnos en el misterio de la misericordia divina que siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama.

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